Cerebro y mente·Estudio en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS)
Niños de seis culturas, entre ellas quechua y wichí, ayudan a un compañero sin que nadie se lo pida
Un experimento con 336 niños de 4 a 9 años en seis poblaciones muy distintas, entre ellas wichís de Argentina y quechuas de Bolivia, encontró que en todas ayudaron a un compañero en apuros, y que con la edad pasaron de resolverle el problema a explicarle cómo se resuelve. Son seis poblaciones, no el mundo, y una tarea de juego diseñada por los investigadores, no la vida diaria: el estudio no prueba que ayudar sea algo genético.
Un niño mira a otro pelearse con una caja que no abre. Nadie le ha dicho que intervenga, no hay un adulto pidiéndoselo ni un premio al final del juego. Y, aun así, se acerca: le abre la caja, o le explica cómo se abre, o hace las dos cosas. La escena se repitió en Alemania, en una comunidad wichí del norte de Argentina, entre niños quechuas de Bolivia, entre los ≠Akhoe Hai//om de Namibia y entre los samburu y los kikuyu de Kenia. Un estudio publicado el 2 de octubre en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) la puso a prueba en 336 niños de 4 a 9 años, y en las seis poblaciones pasó lo mismo: ayudaron.
Qué hicieron
El equipo, encabezado por Henriette Zeidler, de la Universidad Sapienza de Roma, y con investigadores del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva (Leipzig), la Universidad de Leipzig, Portsmouth, Plymouth y Duke, buscaba llenar un hueco de la psicología del desarrollo. Casi todo lo que se sabe sobre cómo ayudan los niños viene de verlos ayudar a adultos, casi siempre de su familia y casi siempre en países ricos. Lo que apenas se había comparado entre culturas es lo que hacen los niños entre ellos, que en muchas sociedades es donde pasan la mayor parte del día.
Las seis poblaciones no se eligieron al azar: van de una sociedad industrializada de gran escala a comunidades pequeñas que viven de la recolección, de la agricultura o del pastoreo. Los investigadores armaron un juego de canicas que funcionara igual en un aula alemana y en el campo. Dos niños de la misma edad jugaban por turnos, y los dos habían aprendido antes a resolver dos problemas: una caja que se traba y un recipiente que derrama las canicas al suelo. Después, uno veía al otro tropezarse con uno de esos problemas y tenía tres caminos: resolvérselo con las manos (lo que el estudio llama ayuda instrumental), explicarle cómo se hace (dar información) o ambas cosas a la vez. Nadie le pedía nada.
Qué encontraron
La frase central del estudio es corta: en todos los contextos, los niños ayudaron a sus compañeros de forma fiable, con uno u otro tipo de ayuda. No hubo una cultura donde se quedaran mirando. Y no ayudaron a ciegas: intervinieron más cuando la ayuda hacía falta de verdad, mucho más con el compañero que no lograba abrir la caja que con el que recogía canicas del suelo, algo que cualquiera puede hacer solo. Esa sensibilidad se afinó con la edad: los mayores reservaban cada vez más su ayuda para los momentos en que de verdad cambiaba algo.
La forma de ayudar también cambió con los años. Los más pequeños recurrían sobre todo a hacer la tarea por el otro; los mayores, cada vez más, a explicarle cómo resolverla. Es el paso de la mano a la palabra, y apareció en las seis poblaciones.
Las diferencias entre culturas existieron, pero fueron pequeñas. La más clara: los niños alemanes dieron los dos tipos de ayuda a la vez, resolver y explicar, mucho más seguido que los de cualquier otro grupo. Los kikuyu de Kenia ofrecieron algo menos de ayuda práctica que el resto. Zeidler lo atribuye a lo que cada niño ve en casa: en muchas comunidades rurales de subsistencia se aprende observando y arrimando el hombro, con poca explicación hablada, mientras que en Alemania los adultos acompañan la demostración con instrucciones detalladas. No hubo diferencias relevantes entre niños y niñas.
Nuestros datos muestran que esa capacidad emerge de forma fiable en los niños de todas partes, pero que la afina el mundo social concreto en el que cada niño crece. Los niños no solo aprenden si ayudar: también aprenden cómo ayudar de una manera que tenga sentido dentro de su propia comunidad.
Daniel Haun, autor sénior del estudio y director del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, Leipzig
Lo que el estudio no dice
No dice que ayudar sea genético ni que venga de fábrica. Los propios autores escriben que ayudar entre niños parece ser una conducta humana universal moldeada de manera sutil por las normas y las prácticas locales, que es una afirmación distinta y más modesta: apareció en todos los sitios donde fueron a mirar, y eso no es lo mismo que estar escrito en el ADN. Seis poblaciones, además, no son la humanidad. Perú no participó, y los niños quechuas del estudio viven en Bolivia.
Tampoco es un retrato de la vida diaria. Es una tarea experimental diseñada por adultos, con dos problemas prefabricados y un observador tomando nota. Mide lo que mide: qué hace un niño cuando ve a otro de su edad atascado en algo que él ya sabe resolver. De ahí no se sigue que los niños de ningún grupo sean más empáticos o mejores compañeros en el recreo, ni que vayan a ser adultos solidarios, porque nada de eso se midió. El resumen tampoco publica qué porcentaje de niños ayudó en cada población, así que cualquier cifra de ese tipo que circule no sale de aquí.
Sobre el dinero detrás del trabajo: los autores declaran no tener conflictos de interés, y el estudio se financió con fondos del propio Instituto Max Planck, de la Fundación Jacobs y del programa Marie Sklodowska-Curie de la Unión Europea. Ninguna empresa participó.
Qué significa para ti
Si tienes niños cerca, el hallazgo más útil quizá no sea que ayudan, sino lo otro: que la forma de ayudar se aprende mirando. Los chicos de este estudio no copiaron una regla, copiaron un estilo. Donde los adultos explican mientras hacen, los niños explicaron mientras hacían; donde se aprende observando, los niños arrimaron el hombro en silencio. Eso quita presión y la coloca en otro lado: la disposición a ayudar no hay que instalarla, ya está, y lo que se transmite es la manera. Que un niño wichí o quechua ayude distinto que uno alemán no lo pone ni por delante ni por detrás, y esa es, probablemente, la noticia.
Fuentes y estudios
Los documentos de donde sale esta nota. Ábrelos y compara.
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01
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Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS)Estudio
Children from six cultures reliably help their peers-but in different ways
Fuente de todas las cifras de la nota: 336 niños de 4 a 9 años, seis poblaciones, los dos tipos de ayuda y el aumento de la información con la edad. Publicado en línea el 2 de octubre de 2026 (impreso el 6 de octubre, vol. 123, núm. 40). Licencia CC BY 4.0. El sitio de PNAS devuelve 403 a los rastreadores: el DOI y la fecha se verificaron en Crossref y el resumen completo en PubMed.
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PubMedEstudio
Children from six cultures reliably help their peers-but in different ways (resumen abierto, PMID 42826132)
Resumen abierto para que cualquiera compruebe las cifras sin pagar. Incluye la declaración de los autores de no tener conflictos de interés.
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Max-Planck-GesellschaftComunicado
Children from six cultures reliably help their peers - but in different ways
Describe el juego de canicas, el país de cada población, las diferencias entre alemanes y kikuyu, la ausencia de diferencias entre niños y niñas, y recoge las declaraciones de Henriette Zeidler y Daniel Haun.
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